
Siempre se hacía de sus ratos para pasar por su entretenimiento favorito aunque sea una vez a la semana. Recuerdo que un día, ella volvía del casino y estaba más feliz que otras veces. Había empezado a ganar en forma seguida y sus ojos picaros me demostraron que otra vez, estaba haciendo de las suyas. Otra vez y no se como, había logrado la forma de ganarle a la suerte.
Nunca le gustó hacer trampa en el juego. No solo porque su honestidad era intachable, ya que decía que lo último que una persona debe perder es la integridad y la trampa atentaba contra eso en forma directa. Fue entonces cuando la increpé y la arrinconé con preguntas para que cantara el secreto que llevaba consigo.
Todos sabemos que en cuestiones de tragaperras, mucho se habla acerca de la disposición de las máquinas.Las que son más o menos generosas, las nuevas, las más llamativas, las de más o menos carretes. Para todas siempre hay una excusa por la cual jugarlas.
Pero si algo es cierto es que el común de la gente (en la cual me incluyo), siempre apuesta a aquellas que de alguna u otra forma llaman la atención, indistintamente del motivo, como he explicado más arriba.
Al final, mi abuela largó prenda y confeso con una sonrisa pícara, como si hubiese descubierto el elixir de la vida eterna: “La suerte de las feas, las lindas la desean”. Creo que no hace falta que explique a que tipo de máquinas, mi abuela apostaba.