
Así decía mi abuela, haciendo referencia a la belleza escondida que tenían algunas personas que carecían de una lindura exterior. Y como buena vieja que sabía más por vieja que por zorro (otro dicho muy de ella), es que siempre me ganaba en cuanto juego de azar –especialmente los naipes- se nos presentaran en el camino.Así es como un día me cuenta de su primera vez en las tragaperras.
El fuerte de ella siempre pasó por las cartas. Que como bien sabemos las habilidades que uno puede desarrollar en éstos son muy interesantes. Pero ella, sentía que ya carecía hasta de diversión tener habilidades para el juego, haciendo que la suerte cumpliera un papel, casi lastimoso.
Entonces fue cuando descubrió a las máquinas tragamonedas en un casino, cuando se reencontró con la suerte y volvió a sentir esa incertidumbre que la introdujera en los casinos.Nada de póker, ni Black Jack. Tal vez, alguna que otra apuesta a la ruleta, pero nada la fascinaba más que hacer sus apuestas consecutivas en las máquinas tragaperras. Podía pasar horas en éstas y salir sonriente como un niño con una caja de curitas.
Tenía bien claro, que el secreto de su diversión no pasaba por ganar dinero, sino por verle la cara a la suerte y dejar que sea ésta y no otra cosa lo que definiera sus resultados.Los juegos de las máquinas tragamonedas, se diferencian del resto de los juegos de casino, por la simple razón que dependemos de la suerte y no otra cosa para que nos hagamos de sus premios.
Podemos pasar horas enteras jugando y probando a cada una de éstas, pero siempre dependeremos de la suerte nos guste o no. Aunque mi abuela, vieja sabia y fanática del azar, tenía sus trucos.
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